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El ser humano ha desarrollado su inteligencia en mayor medida que sus instintos, ello a pesar de provenir de antepasados cuya organización era inferior. Lo anterior es resultado —entre otras cosas— de su notable desarrollo del neocórtex respecto del resto de los primates.

En este sentido, el desarrollo de esta “nueva corteza cerebral” fue producto de un complejo proceso evolutivo y social —en el que sin duda, intervino el trabajo como factor en la “transformación del mono en hombre”— así como también, un proceso intelectual que incluye el desarrollo de la capacidad simbólica, el desarrollo lingüístico, el pensamiento abstracto, la escritura, la expresión artística, etcétera.

En dicho proceso, la “palabra” tuvo fuertes implicaciones epistemológicas. Primero, mediante el desarrollo de ideas-conceptos; y luego, mediante formas cada vez más complejas y abstractas como categorías científicas y filosóficas. De igual manera, existieron otras implicaciones que vale la pena señalar: el que la especie pudiera valerse de la experiencia acumulada del pasado; la toma de conciencia de sí mismo y de su entorno; la comprensión del mundo y de sí mismo, a través de métodos de investigación, ciencia, religiones, filosofía, etcétera; el lenguaje simbólico y la transmisión de símbolos orales, escritos y corporales; la capacidad de resolver los problemas antes de enfrentarse a ellos; poder pensar de manera crítica, lo que le ha permitido escoger y decidir, así como tener responsabilidades para consigo mismo y los demás.

Ante estas implicaciones, es importante preguntarse ¿cuál será el resultado evolutivo del ser humano al supeditar su actividad intelectual al lenguaje icónico especialmente representado en los dispositivos móviles? Mi primera preocupación sería la implicación de lo postulado por la ley de la correlación del crecimiento de Darwin en el desarrollo de nuevas áreas del cerebro humano y, por ende, en el incremento de las interconexiones neuronales; ya que las personas están al frente de los celulares, tabletas y televisores en tiempos significativamente muy superiores —en términos de calidad y de cantidad— a los empleados a fortalecer la “calidez” humana en las relaciones, a redactar, a investigar, a tocar un instrumento musical, a la realización de actividades deportivas o culturales, o a la producción artística.

No pretendo restar mérito al papel de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC) en la configuración de las “aldeas globales”, “espacios públicos”, “superautopistas de la información”, interconexiones y en la generación de “horizontalidad” en la comunicación; sin embargo, considero vital que no dejemos a un lado aquellos elementos que nos humanizaron y que permitieron moldear al Homo Sapiens Sapiens moderno que hoy conocemos.