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Amigo lector ¿Alguna vez has visto la gran cantidad de comentarios sobre de la muerte de un delincuente? ¿Has leído cómo la gente se complace al saber que un toro se ha muerto? O simplemente te percatas que la gente se congratula cuando se entera que a su ex le ha ido mal. Pues bien, hay que analizar cuidadosamente el fenómeno y darnos cuenta que, más que un motivo para sentir alegría, quizá algunas de esas situaciones son motivo para estar triste.

Como siempre lo he manifestado en esta editorial, la felicidad es subjetiva y depende de muchas cosas, tanto naturales como convencionales, sin embargo, el abanico es infinito y racionalmente inconocible, yo me quedo con la idea de que cada quien puede hacer lo que crea que le haga feliz, siempre y cuando no se atenten contra derechos de terceros y/o el orden público.

Ahora bien, el odio y la animadversión que se tiene sobre algo o sobre alguien puede resultar satisfactoria, sin embargo, corresponde más a una compensación del sentimiento adversativo que a una felicidad como tal, es más, puede tratarse de un intento por librarse de un complejo mediante la desgracia de los demás, algo que siempre será cuestionable.

En el caso de los linchamientos, en primer lugar no podemos sentirnos contentos porque alguien transgreda el marco normativo, pero igualmente nos podríamos sentir al saber que una turba asesina a un ser humano, ya que eso denota el fracaso del Estado por impartir justicia y una clara impunidad, como sucede en nuestro país. Es por tanto que hacer justicia por propia mano no es correcto, aunque quizá haya quien sí “merezca” ser lastimado o muerto, sin embargo, esos son temas sumamente subjetivos y a los cuales nunca les encontraremos solución.

Ahora bien, considero a todas luces incoherente que alguien se conmueva por la imagen de un perro hambriento y se manifieste contento cuando un torero pierde la vida en el ruedo. El movimiento animalista y antitaurino adolece de algunas incoherencias gravísimas que lo hacen teóricamente insostenible en muchos de sus puntos, pero no todos, como cualquier otra ideología. Para no entrar en controversias, simplemente me pregunto por qué los que se autoconsideran activistas sólo les importa la vida de los perros y los gatos y no la de otras criaturas; también me cuestiono por qué los que se oponen a las corridas comen carne y usan artículos de piel, cuando esos productos causan un mayor dolor respecto a lo que puede percibir un toro en la plaza, animal que indudablemente es más cuidado y vive en la mayor de las libertades y alegrías, a diferencia de una mascota victimizada y encerrada.

En cuanto a la aversión que se llega a sentir por la pareja, puedo señalar que eso significa que aún hay un sentimiento o un dolor no superado. Este tema es bastante complejo, pero considero que el perdón es la mejor opción, ya que con esto no se libera al ex amado, sino uno mismo sale de la cárcel emocional que significa el odio producido por amor.

Con estos ejemplos, quiero mostrar que la aparente felicidad, producida cuando otro está mal, tiene su génesis en odios, complejos y hasta traumas que obviamente no pueden representar la alegría auténtica. Obviamente el ser humano tiene una especie de necesidad de revancha, obviamente cuestionable, pero aun persiguiendo la justicia y no la venganza, no creo que se pueda decir que un sujeto pueda ser feliz al realizar esa acción.

Personalmente a mí me causa felicidad ver a los demás sonrientes, creo que el sol puede salir para todos, en un entorno de legalidad, pluralismo, alejados de los fundamentalismos y movimientos que mueven los sentimientos más obscuros y perversos, aun cuando aparenten las intenciones más nobles, como puede llegar a ser la defensa animal.

Por Vicente L. Avendaño Fernández.

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