madi-robson-113926             

A raíz del trauma civilizatorio de la segunda guerra mundial, se agigantó un complejo de culpa en la cultura. Desde entonces, esa culpa ha venido generando cambios en la consciencia social. En un principio fueron las consignas pacifistas, luego vino la sospecha contra toda forma de autoritarismo, las mil formas de activismo, desde “save de whales” y Greenpeace, pasando por el veganismo, hasta la cultura de lo gluten free, lo orgánico y lo antitaurino.

Se trataba, en el fondo, de asegurar que el horror del Gulag y de Auschwitz no se repitiera nunca. Hasta aquí todo bien. El asunto delicado, es que en esta vorágine de asegurar la paz y la no violencia, todos estos activismos se han convertido en los nuevos fascismos. De este modo, la idelogía new age, en un principio contestataria, se convirtió en un peligroso old age reaccionario e intolerante con todo lo que no se adhiera a sus consignas. Y, en una palabra, lo que no se adhiere a ellos es la tradición.

Hoy vivimos el imperio de la simulación, llamada “discurso políticamente correcto”. Hoy es intolerable no mostrarse de acuerdo con lo que estos discursos imponen. La pena es el escarnio, el linchamiento, la mofa o la exclusión.

Hay al menos dos fenómenos muy negativos de esta “old age”:

1.- La adaptación al sistema.- La feroz competencia del capitalismo contemporáneo tiene como su centro a la violencia y la deshumanización, pero de un modo increíblemente hábil, su propio funcionamiento nos ha vendido –literalmente- la idea, de que vivimos una era de florecimiento espiritual. De este modo, esta cultura compuesta de consumidores alienados y deshumanizados, se asumen en lo individual como “seres de luz” en permanente proceso de perfeccionamiento.

2.- Psicofobia.- Lo anterior no puede calificarse de otro modo que como una epidemia de psicofobia. En el fondo sabemos que la sociedad vive un desastre en todos sus frentes, y que las categorías idealizadas por la modernidad están completamente en ruinas, por ello, tememos ver la realidad y preferimos idealizar nuestra condición.

Dicho de otro modo, el temor de ir a la deriva en este viaje que nos ha dejado huérfanos no solo de Dios, sino de los ídolos de la modernidad, parece que nos obliga a cerrar los ojos ante esta orfandad, y convencernos –insertos en la lógica del mercado, que transforma en mercancía cosas, personas y sentimientos- de que en realidad todo va bien y que ahora somos una cultura en vías de iluminación individual y colectiva.

Ninguna aspiración a la plenitud puede florecer si no nos libramos de estos dos condicionamientos.