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El poder de la palabra
Por Dalia Montoya Hernández

Cuando somos niños decimos y hacemos cosas que nuestros padres, profesores y demás entornos nos van corrigiendo, si fuera el caso. Aprendemos que debemos respetar y que todo lo hecho, dicho o pensado puede traer consecuencias; esto cuando conocemos los límites.

Sin embargo ¿Qué sucede cuando no se corrige a un niño o adolescente? Se crece pensando que se puede hacer lo primero que llegue a nuestras mentes, el impulso comienza a gobernar. Conforme va pasando el tiempo, el adulto se puede dar cuenta o no que algo sucede y que en ocasiones tiene problemas por lo que dice, quizá le interese o no.

Cada ser humano es diferente, es una situación que todos debemos aceptar y tolerar; lo que está en nuestro control –solo en cada uno- es decidir si se aguantan palabras hirientes o que provoquen malestar. Está en cada uno decir: “Me voy, me molesta, no me agrada”. Lo podemos comentar o simplemente retirarnos, es parte de lo que cada uno deberá reflexionar, nada ni nadie obliga a estar con personas que provoquen incomodidad.

La palabra es como un bisturí, provoca cortes y heridas, pueden ser permanentes. De ahí la importancia de tratar a nuestros niños y adolescentes como piedras preciosas que se están moldeando, no es recomendable permitir palabras que sobajen la autoestima de los demás; de lo contrario, pueden crecer pensando que es permitido ¿Cómo deseamos a los futuros adultos? ¿Queremos que crezcan en un entorno afectivo, sano y con límites? Cada uno decide, solo la consciencia de ello hará la diferencia.